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El Museo Ricardo Güiraldes y la Pulpería La Blanqueada.

Una de las visitas típicas en San Antonio de Areco es el Museo Gauchesco Ricardo Güiraldes, una estancia emplazada del otro lado del río lindera a la antigua pulpería La Blanqueada. La forma más directa de llegar es cruzando por el Puente Viejo, pero como te comenté en el post anterior, cuando hicimos la visita el punte estaba cerrado, así que cruzamos por el que está a pasos de la oficina de Turismo e hicimos la caminata por el Camino del Parque bajo el rayo del sol.

La Blanqueada

Fachada de la Pulpería La Blanqueada

El horario de visita es hasta las 17 hs. y al llegar lo primero que salta a la vista es la fachada de La Blanqueada, una auténtica e histórica vieja pulpería restaurada que forma parte del museo. Que así sea no es pura casualidad, ya que es en este lugar donde Güiraldes ambienta el primer encuentro de Don Segundo con Fabio, protagonistas de su célebre novela Don Segundo Sombra.

A traves de la reja

El Museo y su parque, visto a través de la reja.

En el interior de la pulpería el ambiente de antaño está recreado con muñecos de cera, como el del pulpero detrás del mostrador, que atina a atenderte con el cuchillo a la cintura.

Interior pulperia

En el interior se recrea una escena habitual en la vida cotidiana de la pulpería.

El ingreso al museo es libre y gratuito, y así y todo dispone de visitas guiadas donde te cuentan sobre la vida de Ricardo, su obra, y sobre las costumbres gauchescas de la época. En caso de que quedes conforme con lo que viste, podés colaborar dejando la cantidad que quieras en la urna que hay a la entrada. La verdad es que se lo ve todo tan cuidado que uno deja su colaboración con todo gusto.

Carreta

El museo muestra la vida en Areco de principios del siglo XX.

No siempre estuvo así. El museo se vio muy afectado por la inundación del 2009 que terminó con más de un metro de agua dentro de sus salas, y gran parte del patrimonio expuesto a la acción de la humedad. Luego de un importante trabajo de recuperación, pudo reabrir sus puertas en 2013.

Caballo

Embalsamado, «El Moro» preferido de Güiraldes, te recibe en el museo.

Recorriendo las salas del museo uno puede darse una idea de cómo era la vida en aquella época en la que Güiraldes escribía sus líneas, entre viaje y viaje. Siendo un rico de cuna, a Ricardo nunca le faltaron los medios para hacer lo que quería, entre otras cosas, estudiar arquitectura primero, derecho después, ambas carreras que dejaría inconclusas más pronto que tarde. No podemos decir que fuera un gran estudiante, en realidad, mejor le sentaban los viajes. Así es como primero dio el salto hasta Francia, y luego recorrería diversos países de Europa y Oriente.

Tahona

La tahona se utilizaba para moler trigo.

Entre estos últimos la India le llamaría particularmente la atención, al punto de adentrarse en sus costumbres y por ejemplo comenzar prácticas de yoga, las cuales no dejaría incluso al volver al país y a su querido San Antonio de Areco. Seguramente, para principios del siglo XX se lo habrá podido ver a este intelectual porteño en medio de la pampa y los caballos, ejercitando alguna compleja pose de yoga, ante la mirada estupefacta de los gauchos.

Yoga

Luego de su paso por la India Güiraldes se interesó por el yoga.

La realidad es que en un principio, Güiraldes no tuvo más éxito como escritor que como estudiante. Sus primeras publicaciones fueron un fracaso de tal impacto, que desembocaron en su decisión de recolectar todos los ejemplares que quedaban y tirarlos al pozo de agua de la estancia. Sería su mujer, Adelina del Carril, la encargada de recuperar esos libros y alentar al escritor para que siguiera con su tarea literaria. Y lo bien que hizo, porque sería con su última obra, Don Segundo Sombra, comenzada en París cuando extrañaba el campo que lo vió crecer, y finalizada en la Argentina,  que Güiraldes se consagraría como escritor al ganar el Premio Nacional de Literatura.

Libros

Su obra maestra, traducida a varios idiomas.

En la casa de la estancia (rodeada de un foso de agua y custodiada por cañones para protegerla de los malones indígenas) también se pueden ver interesantes obras de soguería, es decir, sogas fabricadas con cuero trenzado. Esto era todo un arte en su época, y llegó a tener mucha relevancia en la fabricación de equipos para andar a caballo, abasteciendo incluso al Ejército de los Andes del General San Martín.

Cañones

Los cañones se utilizaban contra los malones indígenas.

Tanto es así, que al morir El Moro, el caballo preferido de Ricardo, su padre le pidió a un reconocido artesano que trenzara con su cuero el juego de sogas que hoy está expuesto en el museo, y que le serviría para mantener vivo el recuerdo de su hijo, ya fallecido en 1927 en París.

sogas de cuero

La soga fabricada con el cuero de «El Moro» recuerda a Ricardo

Así finaliza nuestro recorrido por el Museo Gauchesco, una de las tantas interesantes excursiones que ofrece San Antonio de Areco cuando la visitamos. Ahora sólo queda que ustedes también se decidan a pegarse una vuelta por sus galerías.

galería

Hasta los colectivos encuentran la tranquilidad en Villa Ruiz.

Hace más de cien años atrás, don Lorenzo Ruiz donó las tierras necesarias para el establecimiento de una estación del Tranway Rural, tren que en aquella época corría tirado por caballos, que quedaría inaugurada a unos 80 kilómetros de Buenos Aires en mayo de 1889, siendo esto también el puntapié inicial para el desarrollo del pueblo que llevaría su nombre.

Estacion

El andén de la estación de Villa Ruiz en pleno atardecer.

Hoy en día Villa Ruiz es un tranquilísimo poblado rural al que ya no llega el tren, como a tantos otros lugares de nuestro país. Sin embargo, la estación sigue allí, en pie, y lista para recibir a los turistas y vecinos que se acerquen a tomar unos mates o a aprovechar su arquitectura para una rápida sesión de fotos.

Plaza

La plaza es amplia y simple. Detrás se divisa la iglesia.

Se trata de un pueblo pequeño a escasos kilómetros de Carlos Keen, al que se puede acceder recorriendo la ruta que parte desde este pueblo gastronómico y que en algún momento del pasado fuera el Camino Real al Alto Perú. En un punto la ruta se termina y sólo queda la vía, y más allá de ella, un camino de tierra. Esa es la señal para saber que llegaste a Ruiz.

Fin del mundo

Cuando la ruta desde Carlos Keen se termina, es porque llegaste a Villa Ruiz.

Es ideal para ir a «colgar» una tarde luego del almuerzo y bajar un par de cambios al margen del resto del mundo. Y está a apenas una hora de Buenos Aires, y escasos minutos desde Keen. Frente a la estación se encuentra el Club Social y Deportivo, que cuando pasamos estaba en plena actividad de artes marciales, pero aún así, te podés encontrar con las chicas del pueblo aprovechando la tarde para hacer un poco de ejercicio al aire libre, caminando al rededor del predio de la estación, entre paso a nivel y paso a nivel.

Interseccion

La arquitectura del pueblo es de otra época.

La arquitectura con ladrillo a la vista te remonta a otras épocas, y la tranquilidad que se respira por las calles de este pueblo tan cercano parecen incluso transportarte a otro mundo, uno en el que tenés el extraño derecho a tomarte una pausa, reflexionar, o bien, simplemente disfrutar el momento. Uno de esos lugares donde el futuro pareciera no importar, donde se respira sólo presente, aunque con un poco de olor a pasado.

Calles de Ruiz

Las calles de tierra del pueblo transmiten tranquilidad.

Esa misma sensación te la da ver los caballos caminando serenamente por las vías por las que en algún momento pasó el ferrocarril; y la maquinaria agrícola descansando a la vera, aprovechando ella también el sol de un fin de semana primaveral.

Caballos en la vía

Como en el 1800, las vías son transitadas por los caballos.

Casas detras de las maquinas

Máquinas campestres delante de las construcciones del siglo pasado.

Adentrándote en las calles del pueblo se llega a la plaza principal, frente a la que se alza la iglesia, que es bastante moderna según se puede apreciar, y con justa razón, ya que fue construida en la década del 60. Caminando un poco más allá, el alambrado demarca el comienzo de los campos sembrados y la frontera del caserío.

Iglesia

La capilla data de 1963 y contrasta con las construcciones de principios de siglo.

Ahora bien, si la tranquilidad y la arquitectura del siglo XIX no te son suficientes, si querés una rareza, algo diferente que te emocione como a un chico, te comento que en Villa Ruiz también vas a encontrar algo de eso. Tendrás que estar muy atento para descubrirlo porque es en la punta por donde entraste al pueblo, hacia el otro lado de la ruta, donde a la vera de la vía se amontonan los fierros viejos.

Cementerio Buses 2

Al otro lado de Villa Ruiz se encuentra el cementerio de colectivos.

La línea 57 tiene varios ramales, uno de ellos une Palermo con Luján por Acceso Oeste, y es justamente en Villa Ruiz donde tiene su cementerio de colectivos. Decenas de viejos bondis (como les llamamos a los buses en Buenos Aires) se apiñan uno al lado del otro y te atraen como si tuvieran un imán.

Cementerio Buses

Los ex línea 57 retozan al sol sin ninguna otra cosa que hacer.

Asientos con tapizados rotos, motores con telarañas y años de no encenderse, y chapas desgastadas con viejas publicidades, (algunas vigentes aún hoy, otras ya caducas) se mezclan con los pastos que crecen sin control alguno, y bajo la escudriñadora mirada del caballo que pasta al lado y hace las veces de celoso y malhumorado guardia cuando alguien ajeno empieza a meterse cámara en mano entre los colectivos.

Rotary Bus

El distrito 4855 de Rotary Club buscaba nuevos socios a través de la línea 57.

Ahora sí, cubierta la cuota de turismo aventura en las llanuras pampeanas de Villa Ruiz, podemos encarar la ruta de vuelta antes de que caiga la noche, remontándola desde el kilómetro 17 hacia un nuevo destino del que surgirá un nuevo post.

Km17

Los veo en el próximo pueblo que se cruce en nuestro camino.