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Viajando a Guatemala, tramo I: Reporte del vuelo con American Airlines hasta Miami.

Un nuevo viaje laboral me llevó hasta el Aeropuerto de Ezeiza para tomar un vuelo rumbo a Miami, aunque esta vez el destino final era otro: por primera vez visitaría Guatemala. Próximamente dedicaremos algunos posts a este interesante país de Centroamérica, pero ahora es tiempo de sumergirnos en el reporte del vuelo AA908 programado para despegar de Buenos Aires a las 23:59 hs.

El primer detalle diferente a otros vuelos se dio en casa, durante el proceso de checkin online, ya que el sistema me permitió avanzar hasta incluso elegir los asientos del primer tramo de vuelta (el segundo desde Miami hasta Buenos Aires era con un vuelo operado por Latam Airlines por lo que el sistema de American no me daba acceso a elegir ese asiento), sin embargo al llegar al final saltaba un mensaje de que no podía completarse y que debía hacerlo en el aeropuerto. La última vez que me pasó algo así fue en Chile y el motivo era que el vuelo estaba sobrevendido, por lo que me organicé para estar temprano en Ezeiza.

Así es que al día siguiente estuve en el aeropuerto 3 horas antes del horario de despegue y sin perder tiempo me acerqué al personal de American, quienes me indicaron que debía hacer el checkin a través de las máquinas. Intenté hacerlo pero otra vez, no pude completarlo: la máquina imprimió un ticket que me indicaba hablar con un asistente. Como no hay mal que por bien no venga, al mostrarle el ticket el muchacho que asesoraba en el uso de las máquinas me hizo pasar al mostrador de checkin salteando la cola, y allí me informaron que era algo normal. Presenté mi pasaporte y la visa y allí me imprimieron los boarding pass (uno por cada tramo) sin inconvenientes. Al revisarlos constaté que los asientos eran los mismos que había elegido por internet: todo estaba en orden.

La valija la retiraba directamente en Guatemala, así que era una cosa menos por la que preocuparse al realizar la conexión. Enseguida enfilé hacia la aduana para declarar la cámara de fotos y los lentes, y acto seguido pasé por seguridad. Migraciones fue un trámite simple, a través de las máquinas de autoservicio de “Migraciones Express”.

Ya en la zona de embarque y con tiempo suficiente, calculé que despegando a las doce de la noche me faltaban aún varias horas antes de la cena en vuelo, por lo que decidí comer algo antes. La pizza con una gaseosa estuvo aceptable, y aun precio accesible para lo que suele ser el aeropuerto. Luego, recorriendo un poco, me encontré con otro grandote que sale tarde desde Ezeiza…

El abordaje comenzó puntual y como siempre con los vuelos a Estados Unidos durante el mismo se realizó el control de equipaje de mano, que resultó ser más exhaustivo que el que había experimentado en Latam hacía unas semanas atrás. Se revisaron todos los bolsillos de la mochila y me consultaron si llevaba algún líquido o crema. Con el alcohol en gel pequeño no hubo ningún problema.

Pronto estaba a bordo del B777-200 de American Airlines matriculado N789AN, que a pesar de sus casi 19 años de edad está en muy buenas condiciones. La cabina está muy cuidada y como no había casi nadie todavía aproveché para tomar algunas fotos y mostrar su configuración de asientos que, en clase económica, es 3-4-3.

Como detalle cabe destacar que cada asiento está equipado con toma corrientes internacional, así que cargar el celular o la laptop no será un problema. El sistema de entretenimiento me resultó muy completo y lo vi bastante actualizado en cuanto a la oferta de películas. Igualmente yo me incliné por los recitales disponibles en la sección TV. Eso sí, no te dan auriculares, así que mejor acordarse de tener los propios a mano. Además, el avión está equipado con servicio de wifi en vuelo, que por tratarse de un viaje nocturno no contraté, pero en caso de necesitarlo hay varios precios disponibles, dependiendo cuánto tiempo se quiera navegar.

El vuelo en sí, mientras me mantuve despierto, fue muy tranquilo, con apenas algunas turbulencias leves. Como siempre, salvo cuando me levantaba a estirar las piernas o para ir al baño, me mantuve todo el viaje con el cinturón lo más flojo posible, pero abrochado. A la hora de la cena, un rato después de despegar desde el Ministro Pistarini, las opciones eran el clásico “pollo o pasta”, así que me decidí por los fideos con salsa de tomate, que venían con ensalada y una porción de torta como postre.

Llegó finalmente el momento del aterrizaje y de la conexión. Lo más complicado de conectar en Miami es que necesariamente hay que pasar por migraciones, tal como si uno fuera a ingresar a Estados Unidos. A esa hora de la mañana el trámite resultó ser bastante rápido, seguramente por la poca cantidad de vuelos a procesar. Así es como se llega a un largo pasillo donde  hay máquinas de migraciones a uno y otro lado: es cuestión de ir caminando atento y acercarse a alguna que esté libre. Allí se contesta el cuestionario en la máquina, que también nos toma una foto y registra nuestras huellas dactilares, para finalmente imprimir un ticket que debemos presentar al oficial de migraciones. El flujo de la gente te lleva y así terminas delante de un ser humano que revisa tu pasaporte y te hace las preguntas de rigor (en mi caso a qué me dedicaba y para qué viaja a Guatemala).

Sin prestar atención a las cintas de equipaje ya que el mio lo retiraba en el destino final, salí al hall principal del aeropuerto donde un cartel indica hacia dónde dirigirse para tomar los vuelos en conexión. Hacia allí me dirigí, pero eso será cuestión de un próximo post.

Vuelo 4M 7820 de Latam a Miami: Ingresando a Estados Unidos por las máquinas de autogestión.

En realidad al principio no pensaba publicar esta crónica. Hace muy poco viajé a Miami con esta misma aerolínea, en este mismo vuelo, y por supuesto publiqué en su momento el reporte correspondiente, así que antes de salir de casa hacia Ezeiza no pensaba encontrar ningún aporte sustancial que valiera la pena. Sin embargo hubo un par de cuestiones diferentes que ameritan ser contadas, por lo que aquí estamos, escribiendo un nuevo reporte de vuelo para el directo a Miami de Latam Airlines.

Como acostumbrado, llegué al aeropuerto con suficiente anticipación. En este caso fueron algo más de 2 horas y media. Mientras me dirigía hacia la Terminal A por la que embarca Latam Airlines, así se veía el avance de las obras en Ezeiza.

No era yo el único precavido: ya a esa hora la cola para realizar el check in era enorme. En el caso de los vuelos a Estados Unidos hacer esta fila es obligatorio ya que en ella el personal de seguridad de la línea aérea realiza un cuestionario relativo al equipaje que uno lleva. Son preguntas sencillas, como si lo empacó todo uno mismo, si llevamos algo que no sea nuestro a pedido de alguien, y ese tipo de cosas, además de constatar tu identidad con el pasaporte. Una vez finalizado este trámite te dan una tarjeta de “chequeado”, y con eso ya pude dirigirme al área de entrega de equipaje para pasajeros Latam Pass Gold y así evitar el grueso de la demora.

Ya con el boarding pass en mano (siempre me gusta tenerlo impreso aunque pueda usar el digital que me queda en el celular) me dirigí al mostrador de aduana para hacer la declaración de equipaje. En el formulario pre impreso llevaba anotados los datos de la laptop, la cámara y los lentes que transportaba.

Los controles de seguridad fueron relativamente rápidos y migraciones lo hice a través de las máquinas autoservicio, que funcionan de maravilla: se escanea el pasaporte en el primer paso, luego en el segundo te toman la foto y se escanea la huella digital, y listo. Con todo el proceso finalizado y mucho tiempo por delante antes de abordar, aproveché a tomar algo y luego a caminar un poco el free shop, donde terminé comprando un perfume. Y aquí hay una cuestión a tener en cuenta, porque los vuelos a Estados Unidos son diferentes: previo al abordaje se realiza una inspección del equipaje de mano, y puntualmente una de las cosas que controlan es la presencia de líquidos. Con un perfume, no podría abordar. Es por eso que en lugar de darte el producto, en la caja del free shop te entregan un ticket para retirar el perfume en la puerta, luego de haber pasado por el control de seguridad. Este es el ticket en cuestión.

Igualmente el control fue bastante rápido. Me preguntaron si llevaba líquidos o geles y contesté que únicamente un frasco pequeño de alcohol en gel. Se lo mostré al guardia que me hacía la inspección y prácticamente no revisó mucho más. Una vez liberado, en la entrada a la manga estaba la gente del free shop entregando las compras, para lo cual revisan el ticket que te dieron en la caja.

La configuración del B767 es 2-3-2 y realmente me gusta: uno no se siente tan encerrado como cuando viaja en línea de 3, o menos si te toca una hilera de 5 butacas al hilo. Y cuánto más si, encima, el asiento de al lado queda libre y tenés la fila de 2 para vos solo… ¡Gol de media cancha!

Despegamos con algunos minutos de retraso desde la pista 11, y a través de Google Maps pude ver cómo hicimos un giro importante para volver a pasar por la vertical de Ezeiza con rumbo norte. Aunque volamos exactamente por encima del aeropuerto, las nubes espesas me dejaron con las ganas de la foto con la pista iluminada.

Enseguida largaron la cena, para lo cual la fila 27 volvió a funcionar: el servicio de la segunda mitad del avión comienza allí nomás, por lo que en ese asiento te asegurás que va a haber lo que vos pidas. En mi caso, opté por la marucha con puré y espárragos, que estaba muy buena.

Junto con el menú los TCP entregaron también un Pase de Abordar para obtener descuentos en el Dadeland Mall o en el Sawgrass Mills. Sólo hay que presentar el voucher en el stand del shopping y se lo canjea por un librito donde están listados los descuentos y los locales que participan, además de recibir un adaptador de viaje que nunca viene mal.

Esta vez el control remoto funcionaba bien, así que pude leer bastante accionando la luz individual, hasta que me tiré a dormir acomondándome lo mejor que pude aprovechando que el asiento de al lado estaba vacío. Eso sí, cinturón flojo, pero abrochado. Siempre.

El resto del vuelo no tuvo mayores novedades, hasta que aterrizamos en Miami a primera hora de la mañana. Todavía medio dormido nos dirigimos al área de migraciones, donde esta vez estaban habilitadas las máquinas autoservicio, también para los extranjeros. Prácticamente no te daban opción: un oficial de la TSA te indica si avanzar hacia los puestos manuales o la máquina, sin que puedas elegir vos.

Una vez frente a la máquina, a no asustarse. Lo primero que consulta es el idioma y tiene un abanico enorme de opciones, entre las cuales está, obviamente, el español. A partir de allí aparece un cuestionario que hay que ir contestando en la pantalla. Son las preguntas básicas que haría un oficial de migraciones humano, pero bien objetivas. Luego se escanea la visa, la máquina te toma la foto y te pide escanear las huellas digitales, que a diferencia de acá, en Estados Unidos son cuatro (todos los dedos excepto el pulgar). Teóricamente ahí te da el ok para ingresar al país, pero no fue mi caso: en la mochila me había olvidado un paquete de nueces que había comprado en Buenos Aires, y ante la duda declaré que traía productos de origen vegetal. La pantalla me indicó que no podía finalizar la transacción y que me dirigiera a un puesto manual donde me atendió un oficial a la vieja usanza, aunque muy amable. Luego de preguntarme “Qué declaraste?” me hizo las otras preguntas de rigor, todo en perfecto español, y me dió la bienvenida a los Estados Unidos de América.

El último tramo fue quizá el más complicado, ya que quise viajar hasta el hotel en un Uber, pero la aplicación no es del todo clara al respecto de dónde debes esperar el auto, especialmente para aquél que no conoce bien el aeropuerto de Miami. Para los que se animen a usar el servicio, revisen bien la terminal en la que se encuentran y puntualmente el nivel en el que la aplicación les dice que deben esperar. Ante la duda, lo mejor será consultar al personal del aeropuerto sobre la ubicación exacta que pide la aplicación, y cómo llegar.

Y ahora sí, ya rumbo al hotel, a disfrutar del viaje. Al fin y al cabo, estamos en Miami!

Reporte de Vuelo: Regresando de Miami con Latam Argentina

Confiado en la cercanía del hotel con el aeropuerto (básicamente quedaba en frente), para volver a casa llegué a la terminal aérea con solamente dos horas de anticipación con respecto al despegue. Acostumbrado al sistema en Ezeiza encaré directamente la fila para despachar el equipaje, pero allí mismo el personal de tierra de Latam Argentina me frenó: antes debía imprimir la etiqueta del equipaje y el boarding pass en las máquinas de autogestión.

Puse entonces los datos de mi reserva, confirmé la cantidad de piezas que despachaba, y la máquina imprimió la etiqueta que habitualmente colocan en el mostrador del check in. Inmediatamente después hizo lo propio con el boarding. El personal de la aerolínea me ayudó a etiquetar mi valija ahí mismo, y luego sí pasé a despacharla en el mostrador.

El paso siguiente era dirigirme a alguno de los check points para realizar el control del pasaporte (que funciona como migraciones de salida) y el de seguridad, que es exhaustivo. Los electrónicos van cada uno en una bandeja diferente (para mi implicó una para la cámara y el teleobjetivo y otra bandeja para la laptop, además de una tercera para las zapatillas, cinturón y lo que llevaba en el bolsillo), y además allí mismo se realiza el body scan de todos los pasajeros. Si bien hay varios check points y cada uno tiene varios puestos, lo complejo del proceso lo hace bastante lento, así que hay que considerarlo a la hora de viajar al aeropuerto para hacerlo con tiempo.

Ya en preembarque me dirigí hasta la puerta 15 del sector J. Era de las últimas así que hubo que caminar un buen tramo, para lo cual el aeropuerto cuenta con las cintas mecánicas que permiten ahorrar distancias y llegar más rápido. Cada tanto había un centro de carga de baterías de los habituales en los aeropuertos, de los que hay que decir que resultan escasos y bastante incómodos, y allí uno aprecia todavía más las reformas que se realizaron en Ezeiza y les conté en el reporte de vuelo de ida. A eso se agrega que los pocos tomas que estaban libres, no funcionaban, así que no pude cargar la batería.

Con respecto a la terminal J, se la ve vieja y pareciera estar en obras. Llegando a la zona del gate J15 los asientos desaparecen y hay un gran espacio libre que da la sensación de que aún no se terminó de armar. Así que para esperar el comienzo del abordaje tuve que sentarme bastante alejado, y prestar mucha atención a los anuncios de Latam que se oían a lo lejos.

Una vez a bordo me instalé en mi asiento, que esta vez sí era ventanilla. Originalmente había sido ubicado en pasillo pero en salida de emergencia, lo cual en principio parecía muy buena idea, pero enseguida noté que el asiento de atrás mio también era salida de emergencia (el B767 tiene dos en filas consecutivas) lo que implicaba que mi asiento no era reclinable, por lo que decidí cambiar al momento del web check in y mudarme al único asiento en ventanilla que estaba disponible.

Sorprendentemente, el proceso de que los pasajeros se acomoden ellos y sus equipajes no fue tan caótico como suele ser en un vuelo Miami – Buenos Aires, pero aún así llevó su tiempo, con muchas idas y venidas de los TCP. En medio de todo esto, se lanzó el audio de seguridad, sin que absolutamente nadie le estuviera prestando atención, y sin que siquiera los TCP estuvieran realizando la demostración con las máscaras y cinturones. Evidentemente algo no estaba bien, pero finalmente lo corrigieron: se frenó el audio y luego se retomó cuando todos estaban en sus asientos, excepto la tripulación que hacía la demostración en los pasillos.

Para la cena tuve la suerte de estar sentado en una de las primeras filas que atendía la TCP que nos tocó. Y digo esto no por comer antes que el resto, sino porque Latam da un menú con tres opciones diferentes, y ser de los primeros te permite elegir (y que tu elección esté disponible). Cosa que no pasó un par de filas adelante, donde al llegar los TCP se habían quedado sin la opción que los pasajeros querían, por tanto tuvieron que comer lo que había. Las protestas se hicieron oir, comparación con Flybondi incluida, y la verdad que con razón porque si das opciones para elegir tenés que tenerlas disponibles. Sino, no trabajes a la carta, y listo. Mala política de Latam que sin dudas se asegura el descontento de un par de pasajeros por vuelo en lugar de buscar exactamente lo contrario.

Igualmente los que se quedaron sin pollo, tranquilos. Yo lo elegí y por supuesto para mi había, pero no tenía gusto a nada, así que no se perdieron gran cosa. El servicio de comidas de Latam es mucho packaging y pinta, pero cuando hablamos de sabores suele dejar gusto a poco.

Algo que me llamó mucho la atención fue que en medio del vuelo el comandante prendiera la señal de cinturones y lanzara el audio de advertencia por estar entrando en una zona de turbulencias, cuando instantes después aparecieron las TCP con los carritos para hacer el servicio. Me vino a la mente la imagen del avión de Aerolíneas Argentinas con heridos y la cabina hecha un verdadero desastre luego de sufrir una turbulencia severa mientras servían la comida pero nada de eso pasó, el avión ni se movió.

Al momento de aterrizar la jefa de servicio abordo anunció que las valijas se recuperarían por la cinta 5, lo cual fue una información acertada. En migraciones quise repetir lo que hice en el vuelo de ida y pasar por las máquinas automáticas, pero estaban deshabilitadas, así que tuve que hacer migraciones a la vieja usanza. Supongo que fue un tema de horario porque cuando ya estaba por ser mi turno vi como las maquinas pasaron de tener luces rojas a verdes y gran cantidad de gente se mudó de la cola para dirigirse hacia ellas.

El paso final fue pasar el control de aduana, punto donde se concentra mucha gente por lo que hay guardas que agilizan la asignación del canal accionando el semáforo: verde pasás por el centro siguiendo la línea de color que te saca de la zona restringida sin más controles; rojo te indican a qué scanner dirigirte. En mi caso (como casi todos los que pasaban) salió rojo, pero luego de escanear el equipaje no hubo más inspecciones, a pesar de la laptop y la cámara de fotos que me había llevado al viaje, y de las cuales tenía lista la declaración de salida por si aduana la pedía.

Ya estaba nuevamente en casa. Detalles del viaje y el alojamiento en Miami vendrán en los próximos posts.

Reporte del Vuelo 4M7820: De Ezeiza a Miami con Latam Argentina.

Quiso el destino que por motivos laborales tuviera que viajar a Miami, así que allí me embarqué en el Boeing 767 con el que Latam Argentina realiza el vuelo directo entre la capital argentina y la ciudad preferida de los argentinos (al menos hasta hace poco) para hacer las compras.

El 4M 7820 despega a las 21:30 hs. y cuando llegué a Ezeiza, tres horas antes, no había prácticamente nadie. No tardé nada en despachar el equipaje, y enseguida me fui al puesto de aduana para declarar la cámara de fotos y los lentes (llevaba también la laptop pero con la nueva regulación que permite traer una sin declarar ni abonar aranceles, y como no tenía pensado comprar nada de ese estilo, no hizo falta declarar la que  me llevaba).

Luego de una demora considerable ya que en aduana sí que había gente, pasé los controles de seguridad donde me hicieron sacar el cinto, pero no las zapatillas ni poner aparte la laptop que llevaba en la mochila. La novedad del viaje llegó al momento de hacer migraciones, donde una importante cantidad de gente hacía cola para pasar por los puestos, mientras que a un costado se veían solitarias las máquinas automáticas de autoservicio. Consulté a un funcionario de Migraciones y me indicó que andaban, así que me acerqué y scanie mi pasaporte en el primer lector. Luego de una pequeña demora la compuerta se abrió dejándome pasar. Al hacerlo, uno queda encerrado en una especie de exclusa. El segundo paso será escanear la huella digital, a cuyo resultado positivo la segunda compuerta se abre y permite el acceso a la zona de los gates. Rápido, simple y práctico: ya estaba formalmente fuera del país.

Realmente hacía rato que no viajaba al exterior y tengo que decir que, a diferencia de lo que fueron las inversiones en el área de la terminal de cargas, las inversiones que se hicieron en la zona de preembarque dieron sus frutos: ahora el espacio es amplio, luce super renovado y bien iluminado, e incluye asientos en excelentes condiciones, sillones y hasta unas mesas altas que funcionan como centros de trabajo, con toma corrientes para que puedas cargar tus baterías. Eso sí, los tomas USB que probé no funcionaban, así que tuve que buscar el cargador y utilizar el toma normal.

Incluso hay un área de recreación para los niños, en la que destaca por supuesto, el avión.

Cuando uno vuela a Estados Unidos debe considerar que hay controles adicionales, por lo que es conveniente llegar con anticipación al aeropuerto. De hecho los controles comienzan ya antes de entregar el equipaje, donde personal de seguridad te somete a un muy breve cuestionario con respecto al equipaje que estás llevando. Ya en la zona restringida del aeropuerto, antes de abordar en el gate, la gente de seguridad revisa además todo el equipaje de mano, por lo que el embarque demora bastante más de lo habitual. En mi caso, me llamó la atención que no me pidieran ver la laptop, pero en general la inspección es bastante exhaustiva.

Ya abordo del Boeing me encontré con un vuelo que iba full. Mi asiento era el 15D, pasillo izquierdo de la hilera central, y a mi lado viajaba una pareja con su bebé. Pensé que realmente iba a ser una tortura, pero nada más lejos de la realidad: el niño se comportó como un rey, comió y durmió todo el viaje, mejor que muchos adultos.

Aunque sigue sin convencerme el menú gourmet de Latam, los canelones que elegí para la cena estaban bastante aceptables. Para el desayuno, en cambio, elegí el sandwich de jamón y queso que me dejó con gusto a poco. Y entre ambas comidas algo que me sorprendió: una segunda pasada luego de la cena para ofrecer bebidas, entre las cuales hasta había whisky.

El mayor problema del vuelo tuvo que ver (supongo) con el hecho de que los B767 que opera Latam Argentina son bastante viejos. Cada asiento tiene pantalla individual en la cabecera, y si bien es táctil, su lentitud puede resultar algo exasperante. La opción es el control remoto ubicado en el apoyabrazos, pero que en mi caso, no funcionaba. Esto me dejaba además sin poder prender la luz de lectura (y por lo tanto me fue imposible leer nada) como así también sin poder llamar a la azafata, ya que ambas funciones se accionan desde ese aparatito.

El vuelo fue sereno y aterrizamos puntuales en el Aeropuerto Internacional de Miami, donde debido a la ubicación privilegiada de mi asiento (tener en cuenta la hilera 15) estuve entre los primeros en descender del avión y llegar a migraciones. Tipicamente argentino, el que iba adelante mio se mandó de una a la ventanilla de control, y el reto que se ligó fue digno de filmación, aunque claro, en esa zona las cámaras están prohibidas. Pero en el piso la linea blanca indica claramente “Espere aquí a ser llamado”, y bien que la policía se lo hizo notar (y perder el turno).

Y allí estaba yo, frente al oficial de migraciones y su tan temido cuestionario de admisión, que para mi sorpresa constó solamente de dos preguntas: cuántos días me quedaba y dónde. Sello, firma, “have a nice day” y ya estaba adentro de los Estados Unidos de América. Retiré la valija que llegó entre las primeras gracias a la marca de “Equipaje Prioritario” y pasé frente a los funcionarios de aduana sin que me consultaran ni revisaran nada más.

Por el ascensor subí al 2° piso de la terminal, donde está el área de “partidas” y por donde pasan los shuttles de los hoteles, que tienen recorridos y horarios fijos. Un punto a tener en cuenta: al momento de reservar el hotel en Miami, conviene chequear si ofrece el traslado gratis desde el aeropuerto. Es un servicio rápido y confiable, además de económico ya que sólo cuesta la propina que uno le quiera dejar al conductor. Y así sí, ya estaba en viaje hacia mi alojamiento, pero eso será cuestión de otro post.

Viaje Relámpago a Tucumán con Latam Airlines: Reporte de vuelos.

Lo primero que se me viene a la mente al momento de describir este periplo de ida y vuelta a Tucumán con Latam Airlines es que se trata de un día largo… realmente largo. Ya en los papeles el panorama no es alentador, ya que el LA 7570 despega desde Aeroparque a las 6:15 de la mañana, y el 4M 7577 arriba desde Tucumán a las 22:30 hs.

El punto positivo de dormir tan poco es que a las 4:30 de la mañana no hay nadie en la calle y con la autopista totalmente fluida el viaje hasta Aeroparque es realmente muy rápido. Habíamos hecho el web checkin y no despachábamos equipaje, así que con el boarding pass impreso en casa nos dirigimos directamente al control de seguridad (muy concurrido a esa hora de la madrugada) y luego de alguna pequeña demora estábamos disfrutando un café doble como para ir despejándonos.

Un detalle a considerar es que en Aeroparque el ingreso al control de seguridad ahora está dividido, y hay una fila para los vuelos a la Patagonia y otra para el resto (marcados como “norte”). Esto es para el ingreso a la zona de scanners, así que habrá que prestar atención en qué fila uno se pone cuando viaje en cabotaje.

El avión que nos tocó para la ida fue el A320 LV-FUX de casi 8 años de antigüedad y que aunque en diferentes filiales, siempre voló para el grupo Latam. Al momento de abordarlo, en el gate (ya que no habíamos pasado previamente por los mostradores de check in) nos encontramos con la sorpresa: el sistema nos había cambiado los asientos elegidos. Pasamos de la fila 15 a la 10, justo la anterior a la salida de emergencia, y por tanto el peor asiento de todo el avión, ya que no se reclina.

El viaje fue bastante incómodo, sobretodo desde el momento en que el pasajero de adelante decidió reclinar su asiento al máximo, pero por suerte se pasó rápido. El servicio a Tucumán incluye una bebida de refrigerio, así que me las ingenié para tomar un jugo de naranja en el escaso espacio que me había tocado.

Luego de un día completo de trabajo, cerca de las 19 horas estábamos de regreso en el Aeropuerto Benjamín Matienzo, en horario para tomar el vuelo de regreso pero prácticamente fusilados. Afortunadamente con la Priority Pass pudimos acceder al Vip Lounge de Aeropuertos Argentina 2000 (que tendrá su post próximamente) para hacer la espera un poco más amena. Una decisión que se reveló extremadamente acertada cuando el avión se demoró media hora más de lo previsto en llegar desde Aeroparque.

 

Esta vez se trataba del LV-BFO, viejo A320 que lleva 16 años volando y que ya me ha llevado y traído a distintos puntos del país en varias oportunidades. El personal de la sala vip nos indicó que era momento de abordar, y nos acompañó hasta el gate donde nos anunció al personal de la línea aérea. Nos hicieron embarcar inmediatamente, sin hacer fila, por lo que fuimos de los primeros en salir a plataforma y subir. Pero una vez más, el sistema había hecho de las suyas y los asientos asignados no eran los planeados. Por suerte, esta vez terminamos en la fila 28 que se reclina normalmente.

Y aquí se dió un problema, ya que instantes luego de acomodarnos llegó un muchacho que tenía asignado el mismo asiento que mi compañero de viaje. Gestión mediante de la TCP, que luego de corroborar los asientos de cada uno tuvo que consultar porque evidentemente había uno duplicado, resultó que al muchacho también el sistema lo había cambiado, y tenía que sentarse casi adelante de todo. Quizá algún lector avezado pueda indicar en los comentarios el porqué sucede esto de los cambios de asientos por sistema, algo que ya me había pasado en Latam.

 

Si bien llovía, el clima no parecía estar tan malo, por lo que sorprendió el anuncio del comandante indicando que por requerimiento del control de tráfico de vuelo (en criollo, la torre de control), el despegue estaba retrasado y debíamos esperar media hora más a bordo. En total, salimos con una hora casi exacta de retraso, con bastante turbulencia al principio y los motores esforzándose a pleno para dejar atrás la tormenta.

El aterrizaje en Aeroparque se dio casi a las 23:30 hs y fue un verdadero placer pasar por las cintas de equipaje sin frenar, y caminar directo hacia el estacionamiento. A casi 24 horas de que sonara el despertador, solo quedaban algunos kilómetros más antes de llegar a casa y volver a disfrutar del sueño reparador.