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Regresando de Santa Fe con Avianca Argentina: Reporte del Vuelo A07127

Perfectamente se podría decir que el vuelo de regreso desde Santa Fe hasta Buenos Aires era para mi un evento especial. En principio era la primera vez que iba a volar con Avianca Argentina, y en segundo lugar (y no por eso menos importante) sería la primera vez que abordaría un ATR-72, con sus particulares motores de turbohélice.

Habiendo finalizado nuestras obligaciones en el territorio santafesino, y acostumbrados a la dinámica del Aeroparque metropolitano de Buenos Aires, llegamos a Sauce Viejo con tiempo de sobra, que aprovechamos para recargar el tanque del auto alquilado y devolverlo full, evitando gastos mayores en el costo del servicio. Aún así hubo que hacer algo de tiempo, ya que el vuelo solamente se anunciaba cuando llegaba el avión proveniente de capital federal, y sólo en ese momento se habilitaba el control de PSA para pasar a la sala de preembarque.

Finalmente el ATR apareció en las proximidades de Sauce Viejo y el scanner se habilitó. Realmente no había muchos pasajeros (estimo que la ocupación no llegó ni al 50%) y pasar por el control fue sumamente ágil. Ante un comentario de  los oficiales de PSA con respecto a que por suerte se iban a casa temprano, les consulté si normalmente se quedaban hasta tarde. En general pasaba, pero ese día en particular pensaban que se iba a dar por la niebla intensa que se suponía iba a atrasar los vuelos. De hecho, me decían, pensaban que el de la mañana se iba a cancelar, pero que al final aterrizó cuando no se veía nada. Y sí, les dije, en ese avión había llegado yo y, efectivamente, no se veía un pomo.

La sala de preembarque es pequeña pero, para los pasajeros de aquél A07127 era más que suficiente. El abordaje comenzó luego de una corta espera, bajo la llovizna que se mantuvo durante todo el día y que nos hizo acelerar el paso por la plataforma hasta llegar al avión. Además de las características hélices, el ATR tiene la particularidad de contar únicamente con puertas traseras, por donde abordamos.

El interior del avión estaba muy limpio y cuidado, en impecables condiciones y con excelente iluminación. Se nota que son equipos nuevos, traídos desde la fábrica de Tolousse con 0 horas. Eso sí, en cuanto a confort y entretenimiento son super básicos. Asientos pequeños y bien finitos para aprovechar al máximo el espacio, sin pantallas, ni conectores para cargar el celular, ni entretenimiento abordo. Nada grave para los vuelos cortos que opera Avianca con estos equipos, pero que por supuesto contrasta con lo que uno está acostumbrado.

 

Quedé estratégicamente sentado en la ventanilla al lado del motor, pensando en la fotos que iba a sacar, pero entre la iluminación nocturna y el día horrible que mantenía la ventanilla mojada casi no logré imágenes rescatables. Lo que sí pude experimentar allí es el sonido del motor, que se sabe que en este tipo de aviones es algo más ruidoso que los jets equipados con turbinas. Sin embargo, el motor se siente intenso durante la carrera de despegue, allí donde el piloto le imprime la máxima potencia, pero luego durante el vuelo se mantiene a un volumen muy similar al de cualquier otro avión, y no es para nada molesto.

Con el avión estabilizado las TCP pasaron ofreciendo un vaso de agua, única atención a bordo que dan. Acepté y tomé la foto que presenta una mesita triste, casi vacía, que en todo caso es compensada con la amabilidad de las TCP que se esmeran en tratarte bien, incluso cuando tienen que reclamarte que pongas el asiento en posición vertical para el aterrizaje.

Durante la mayor parte del vuelo la cabina se mantiene con una iluminación de tono azul que ayuda mucho a conciliar el sueño. Yo por mi parte quería aprovechar la baja iluminación interior para tomar una buena foto de Buenos Aires desde el aire, pero el día lo hacía imposible. En medio de esos intentos ligué un reto de la señora que viajaba en el asiento trasero, que había escuchado claramente las instrucciones de seguridad que pedían apagar y guardar los aparatos electrónicos, pero que evidentemente no había prestado atención a las indicaciones del “modo avión”. Le contesté cordialmente que llevaba el celular configurado de tal forma pero estando levantado desde las 5 de la mañana y viendo que no había forma de sacar una foto aceptable, opté por no profundizar la explicación.

El ATR finalmente aterrizó en Aeroparque y terminó estacionando lejos de la plataforma principal, en el rincón al lado del estacionamiento de autos donde suele verse a los aviones de Avianca Argentina. Allí desembarcamos, bajo la llovizna como no podía ser de otra forma, y tomamos un micro de Intercargo que nos llevaría hasta la terminal. De pasada hacia el estacionamiento norte me topé con el nuevo sistema de taxis de Aeroparque, con funcionarios del gobierno de la ciudad que te ayudaban en el manejo de las máquinas.

Yo no tuve esa suerte momentos después cuando quise abonar la estadía en las máquinas, ninguna de las cuales me tomó las tarjetas de crédito. Ni a mi ni a ninguno de los que estábamos allí intentando, así que nos fuimos todos a los autos y a hacer la cola interminable en las cabinas del peaje de salida.

Así fue la primera experiencia con Avianca Argentina, el mismo día que ciertos diarios daban la noticia del inminente cierre de operaciones, yo estaba abordando uno de sus aviones para volver a casa. Ojalá tenga oportunidad de volver a volar con ellos.

De Aeroparque a Santa Fe con Austral: Reporte del Vuelo AR2712.

Hace unos días atrás madrugué fuerte, aunque  la emoción de tomar un vuelo a un destino que  hasta el momento no conocía amortiguó un poco el malhumor de escuchar el despertador tan temprano. Tenía que tomar el AR2712 que estaba programado para decolar de Aeroparque a las 7:20 de la mañana, así que ya a las 6:15 estaba en el aeropuerto metropolitano. Para mi sorpresa (bueno, no tanto en realidad) yo no era el único levantado a esas horas…

Si bien había recibido el boarding pass por mail y lo tenia en el celuar, como en general me gusta tenerlo en papel me dirigí a las máquinas de autoservicio para imprimirlo. Tipeando el código de la reserva, en un momento ya estaba listo para dirigirme al primer piso para pasar por el control de seguridad. Aunque a esa hora de la mañana lo único que quería era un café antes de abordar, y por lo tanto no me frené a mirar, en el pasillo hacia el preembarque de cabotaje me encontré con una buena iniciativa llamada “Muestrambiente” que resalta el patrimonio faunístico argentino en obras de arte.

Pasé por los scanners de la PSA sin demoras y me dirigí de inmediato hacia el Gate 2 por donde debía abordar. Tenía tiempo suficiente así que en el local frente a la puerta me compré un café con medialunas para desayunar, y aproveché a retratar al Embraer 190 que me llevaría a destino, porque aunque el número de vuelo lleva prefijo AR en realidad es operado por Austral.

El abordaje comenzó en horario y fue bastante ágil y por manga, así que en breves instantes estábamos acomodándonos en los confortables asientos del E-190. Bajo una llovizna persistente el Austral carreteó hasta la cabecera 13 y comenzó la carrera de despegue casi sin detenerse.

Levantamos vuelo hacia un cielo totalmente encapotado que presagiaba turbulencia, pero el aparato siguió ganando pies sin descanso hasta salir de las nubes y allí la noche se convirtió en día con un sol radiante brillando a lo lejos. Para quienes hayan visto la película The Flight, la sensación es justamente esa, aunque sin tanto dramatismo. Ya nivelado, el comandante aprovechó para presentarse y augurar un vuelo tranquilo, con excelentes condiciones climáticas en la ruta.

Y cumplió. Ahí sobre las nubes el vuelo fue muy agradable y el cielo despejado incluso nos permitió ver ese punto blanco que se ve en la cielo de la foto anterior: un tránsito que por unos minutos mantuvo el mismo rumbo que nosotros hasta que viró levemente hacia la izquierda y se perdió de vista. El vuelo no tuvo más novedades ya que al ser corto ni siquiera cuenta con servicio de refrigerio, razón por la cual me autofelicité por haber desayunado en el aeropuerto.

Algo que no dijo el capitán al presentarse fue que, si bien la ruta presentaba excelentes condiciones climáticas, las reinantes en el aeropuerto de destino eran un asco. La niebla, hipercerrada, no dejó ver absolutamente nada una vez que comenzamos el descenso y nos metimos en las nubes. En medio del manto blanco sin visibilidad alguna se escuchó claramente tomar potencia a los motores para hacer alguna corrección en la maniobra de aproximación, y así se mantuvo la niebla hasta que estuvimos a escasos metros de altura.

La magia del ILS (Sistema de Aterrizaje por Instrumentos, por sus siglas en inglés) con el que cuenta el aeropuerto de Santa Fe permitió que tocáramos el suelo sin dificultades, aunque los pilotos no vieran ni lo que tenían delante de sus narices por el parabrisas del avión. La foto cuando el E-190 despeja la pista principal (para lo cual tiene que hacer un giro en 180° y volver hasta prácticamente el centro de la misma) da una idea de lo que era la niebla ese día.

Habíamos llegado entonces a Santa Fe, a horario, sanos y salvos, donde nos esperaría una intensa jornada de trabajo. Todo hecho posible gracias a las obras que permite que Sauce Viejo pueda operar con seguridad en condiciones climáticas adversas. Y por supuesto, la pericia de los pilotos de Austral Líneas Aéreas que hicieron del vuelo una travesía más que agradable.

Corriendo el Aeropuerto de Miami para conectar de regreso desde Guatemala.

Conectar en Miami no es cosa fácil, y menos si se viaja por compañías distintas, aunque el pasaje sea el mismo y corresponda a una de ellas a través de la magia del código compartido. Primeramente hay que contar con VISA para entrar a Estados Unidos, luego hay que hacer migraciones, y por último volver a embarcar. Este es el reporte de dos vuelos con conexión agitada.

Como es costumbre, hice con anticipación el web checking desde el fabuloso Hotel Camino Real de Antigua Guatemala, y me bajé al celular la versión digital del boarding pass. Esto me ahorró algo de tiempo en el aeropuerto donde pude pasar directo a entregar el equipaje para despachar. En el desk de checkin me entregaron los boardings para los dos tramos (GUA – MIA y MIA – EZE) con el asiento que había elegido por web para el primero y con el 23D para el segundo. Claro, el pasaje era de American Airlines pero el vuelo de regreso en realidad era el directo de Latam desde Miami, y por ser una compañía distinta el sistema no me dejó elegir asiento en el B767. La buena noticia es que la valija la retiraba directamente en Buenos Aires.

Algo a tener en cuenta es que para hacer migraciones de salida en Guatemala hay que llenar un formulario idéntico al de entrada, que te dan en el mostrador de checkin. Si bien había bastante gente distribuida en varias filas, tanto eso como seguridad fueron relativamente rápido y enseguida pudimos liberarnos para comparar los precios de Zacapa, el ron por excelencia guatemalteco. El dato: comprarlo en el Museo del Ron de Antigua salía más barato, y además, si uno conecta en Miami no puede comprar el líquido en el free shop de Guatemala, salvo que recupere la valija allí y la pueda volver a despachar.

El aeropuerto de Guatemala no es muy grande pero se las arregla para tener varios locales de comidas e, incluso, un área de juegos para niños. Como en la zona de preembarque no hay casas de cambio aproveché los últimos Quetzales que me quedaban en consumir algo antes de abordar. Mientras caminaba hacia el gate, la rigurosidad de la autoridad fiscal me llamaba la atención…

Luego de hacer algo de spotting para matar el tiempo, el embarque se tornó muy lento. El 737 de American Airlines iba realmente full y la gente se tomaba su tiempo para encontrar el asiento, acomodar el equipaje de mano en los compartimientos superiores y hasta para sentarse ellos mismos. Ante la pasividad de los TCP que solamente pedían celeridad sin intervenir en los claros focos de atascamiento que se presentaban, el cierre de puertas se atrasó más de media hora.

Una vez arriba, el servicio fue bueno y el trato muy cordial. En ese momento disfruté de la bebida de cortesía y los mini Pretzels. Las preocupaciones llegarían luego, una vez aterrizados.

Contra todo lo planificado, y sin darme cuenta en un principio a causa de la diferencia horaria, cuando toqué suelo americano tenía menos de una hora para abordar el vuelo de conexión. Como las veces anteriores, realicé el primer paso del trámite migratorio en las máquinas del Aeropuerto de Miami, pero cuando me acerqué a los puestos de control me encontré con una cantidad impensada de gente. Se ve que eran muchos los arribos a esa hora de la tarde, todos juntos. Cuando salí de ese embrollo tenía menos de media hora para presentarme en el otro Gate, que no tenía la más pálida idea de dónde estaba. Cuando pregunté a un guardia de seguridad se me cayó el alma al suelo: la terminal H está en la otra punta del aeropuerto con respecto a la Terminal de American Airlines. Sin dudas, había llegado la hora de correr en serio.

Con la ventaja de no tener que despachar equipaje llegué al Checkpoint H agitado y absolutamente transpirado. Con pasaporte en mano y como pude, comencé a pedir permiso a la gente para que me dejaran pasar, explicando que perdía el vuelo: “Sorry, first flight delayed, I’m missing my conection” repetía una y otra vez. No hacía falta en realidad, creo que con verme la cara ya me dejaban pasar. Así llegué al puesto de control de pasaportes, donde la oficial, luego de verificar  mi boarding pass y la hora en su reloj me dijo que me iba a ayudar. Por indicación de ella salteé a todo el mundo en el control de seguridad, y mágicamente quedé primero frente a las cintas del scanner.

Luego del bodyscan y el posterior palpado por parte del personal de la TSA, y de que por suerte no requirieran mayores inspecciones de mi equipaje de mano, me calcé y con cordones sin atar y cinturón en mano en vez de abrochado a la cintura, hice la corrida final hasta el Gate 11 donde el embarque, aunque algo retrasado, ya había comenzado. Me acomodé la ropa, me sequé la transpiración con un pañuelo de papel (o dos, o tres) y ya algo más presentable, abordé el 767 de Latam Airlines que me traería de nuevo a casa.

El vuelo a Buenos Aires en sí no tuvo nada relevante que merezca ser contado, más considerando que lo hice varias veces ya. El único detalle fue que mi kit no tenía auriculares, pero en este caso no me importó demasiado porque ya con alcanzar el vuelo estaba más que contento, y por otro lado tenía trabajo que hacer, así que gran parte del viaje la pasé concentrado en la laptop. Hubiese querido dormir un poco (algo que por lo general me cuesta en los aviones) pero el stress de la corrida me había puesto en un estado de alerta que no me dejó pegar un ojo durante largo tiempo. Ya tendría tiempo para eso en mi propia cama.

La lección de todo esto es que para conectar en Miami lo mejor es hacerlo siempre con la misma aerolínea. En segunda instancia, con ambos pasajes comprados a la misma línea, para que en caso de que se demore el primer vuelo nos reconozcan y reubiquen en el próximo avión. Y siempre considerar posibles demoras en migraciones y el tiempo que tomará además llegar hasta el nuevo gate. En el caso de volar en distintas aerolíneas y con pasajes separados habrá que recordar que lo recomendable es estar en el aeropuerto tres horas antes del vuelo para tramos internacionales. Sin embargo, conectar de esta manera siempre conlleva un cierto grado de stress. Por eso, la foto final del post es la del local del mejor ron guatemalteco, como para relajar un poco.

Viajando a Guatemala, tramo II: Conectando con el B737 de American Airlines en Miami.

Luego del vuelo AA908 (cuyo reporte podés leer haciendo click aquí) ya estaba en territorio estadounidense. Había realizado los trámites migratorios bastante rápido a través de las máquinas de autogestión (que ahora son la única opción y no te exime de que luego te controle la documentación un agente de migraciones) y había ubicado el acceso a los vuelos de conexión. En este punto me detengo para aclarar un detalle importante, no sólo para viajar a Guatemala vía Estados Unidos, sino para cualquier otro destino: Para conectar en Estados Unidos se requiere hacer migraciones, y por lo tanto es obligatorio tener la visa vigente.

Aclarado este detalle más que importante, podemos pasar por los scanners de seguridad. En Estados Unidos estos controles suelen ser mas rigurosos que en nuestro país, y de entrada incluyen el body scan obligaorio. Así que por la cinta se deberán pasar el equipaje de mano (con los electrónicos como ser laptops y cámaras reflex en bandejas aparte), los abrigos, zapatos y cinturones. Y luego, sin absolutamente nada en los bolsillos, se nos indicará cuándo pasar por el scanner de cuerpo entero.

Como tenía una hora de espera por delante busqué las opciones de salones que brinda Priority Pass, pero me encontré con que en el pasillo D donde estaba la única alternativa que existe es un descuento de USD 30 en el Corona Beach House, así que desistí y opté por apostarme en uno de los centros de carga distribuidos por todo el aeropuerto para devolver a la vida la batería del celular.

Entre anotaciones y algo de lectura el tiempo pasó más rápido de lo previsto y pronto estaba acercándome al Gate D44 donde el B737-800 aguardaba. Se trataba del matriculado N873NN, que con siete años de antigüedad realizaría un vuelo full hasta la ciudad de Guatemala.

El despegue nos llevó hacia el sur desde el primer instante, y ya de día tuve la oportunidad de tomar varias imágenes de Miami desde el aire.

Y un poco más al sur, South Beach.

Siguiendo rumbo a Guatemala sobrevolamos los Cayos, donde estuve recorriendo la asombrosa ruta que atraviesa el mar, uniendo las diferentes islas, y que por supuesto tendrán pronto sus posts en Ahicito Nomás. En esta ocasión las veía desde el aire, incluyendo el aeropuerto de Ocean Keef Club, en Cayo Largo.

Tuve que dajar de mirar por la ventana para atender al servicio de abordo de American Airlines, que para el vuelo AA2241 es de bebidas acompañando un pequeño snack de frutos secos.

Durante el vuelo te entregan también el formulario de migraciones de Guatemala, que está integrado con el de aduanas en un sólo documento. Así, allí mismo se requiere declarar tus datos, origen, proveniencia y dónde vas a alojarte, además de lo que estás transportando.

Durante la aproximación pude ver un poco de la caracteristica fisonomía de este país centroamericano. Mucha vegetación en un terreno marcadamente desnivelado, con barrios enteros que son detenidos en seco por un barranco que en la altura se adivina de enormes proporciones. Luego me enteraría que se trata de fallas tectónicas, comunes en un país lleno de volcanes. Aterrizar en GUA debe ser todo un desafío ya que el mismo aeropuerto está emplazado en un punto alto, por lo tanto la aproximación se realiza con una determina altura sobre el nivel del suelo que de repente, al ingresar a la zona del aeródromo, se vuelve casi cero. Es impresionante estar mirando el suelo por la ventanilla, allá lejos, y que de repente y sin previo aviso aparezca el asfalto de la pista a escasos metros de distancia.

El Aeropuerto La Aurora es pequeño, y desde afuera se lo ve como una estructura bastante vieja, pero por dentro ha sido remodelado y está bastante lindo. El trámite de migraciones fue el más simple de toda mi vida: apenas me miraron el pasaporte y sin preguntarme absolutamente nada, me lo sellaron y dieron la bienvenida a Guatemala. Allí, el oficial se quedó con el original del formulario que había llenado previamente, y me devolvió la copia amarilla.

Para recuperar mi valija tardé un poco, pero finalmente conseguí dar con ella entre las últimas desembarcadas. En el sector de cintas había una oficial que revisaba las marcas del equipaje, para asegurarse de que lo que te estés llevando sea realmente tuyo. Una medida que personalmente considero innecesaria, porque yo siempre reviso el sticker de la valija que tomo para constatar que sea la mia, pero que evidentemente tiene sentido porque aún con esta herramienta hay gente que sigue confundiéndose su equipaje y saliendo del aeropuerto con cosas que no le pertenecen. Así, ya se está listo para hacer la enorme cola de aduana, entregar la copia amarilla y tocar el botón para ver qué canal sale. En mi caso, fue canal verde, así que me salvé de la inspección de la valija y pude directamente salir al hall del aeropuerto y comenzar a disfrutar de mi primera vez en Guatemala.

 

Viajando a Guatemala, tramo I: Reporte del vuelo con American Airlines hasta Miami.

Un nuevo viaje laboral me llevó hasta el Aeropuerto de Ezeiza para tomar un vuelo rumbo a Miami, aunque esta vez el destino final era otro: por primera vez visitaría Guatemala. Próximamente dedicaremos algunos posts a este interesante país de Centroamérica, pero ahora es tiempo de sumergirnos en el reporte del vuelo AA908 programado para despegar de Buenos Aires a las 23:59 hs.

El primer detalle diferente a otros vuelos se dio en casa, durante el proceso de checkin online, ya que el sistema me permitió avanzar hasta incluso elegir los asientos del primer tramo de vuelta (el segundo desde Miami hasta Buenos Aires era con un vuelo operado por Latam Airlines por lo que el sistema de American no me daba acceso a elegir ese asiento), sin embargo al llegar al final saltaba un mensaje de que no podía completarse y que debía hacerlo en el aeropuerto. La última vez que me pasó algo así fue en Chile y el motivo era que el vuelo estaba sobrevendido, por lo que me organicé para estar temprano en Ezeiza.

Así es que al día siguiente estuve en el aeropuerto 3 horas antes del horario de despegue y sin perder tiempo me acerqué al personal de American, quienes me indicaron que debía hacer el checkin a través de las máquinas. Intenté hacerlo pero otra vez, no pude completarlo: la máquina imprimió un ticket que me indicaba hablar con un asistente. Como no hay mal que por bien no venga, al mostrarle el ticket el muchacho que asesoraba en el uso de las máquinas me hizo pasar al mostrador de checkin salteando la cola, y allí me informaron que era algo normal. Presenté mi pasaporte y la visa y allí me imprimieron los boarding pass (uno por cada tramo) sin inconvenientes. Al revisarlos constaté que los asientos eran los mismos que había elegido por internet: todo estaba en orden.

La valija la retiraba directamente en Guatemala, así que era una cosa menos por la que preocuparse al realizar la conexión. Enseguida enfilé hacia la aduana para declarar la cámara de fotos y los lentes, y acto seguido pasé por seguridad. Migraciones fue un trámite simple, a través de las máquinas de autoservicio de “Migraciones Express”.

Ya en la zona de embarque y con tiempo suficiente, calculé que despegando a las doce de la noche me faltaban aún varias horas antes de la cena en vuelo, por lo que decidí comer algo antes. La pizza con una gaseosa estuvo aceptable, y aun precio accesible para lo que suele ser el aeropuerto. Luego, recorriendo un poco, me encontré con otro grandote que sale tarde desde Ezeiza…

El abordaje comenzó puntual y como siempre con los vuelos a Estados Unidos durante el mismo se realizó el control de equipaje de mano, que resultó ser más exhaustivo que el que había experimentado en Latam hacía unas semanas atrás. Se revisaron todos los bolsillos de la mochila y me consultaron si llevaba algún líquido o crema. Con el alcohol en gel pequeño no hubo ningún problema.

Pronto estaba a bordo del B777-200 de American Airlines matriculado N789AN, que a pesar de sus casi 19 años de edad está en muy buenas condiciones. La cabina está muy cuidada y como no había casi nadie todavía aproveché para tomar algunas fotos y mostrar su configuración de asientos que, en clase económica, es 3-4-3.

Como detalle cabe destacar que cada asiento está equipado con toma corrientes internacional, así que cargar el celular o la laptop no será un problema. El sistema de entretenimiento me resultó muy completo y lo vi bastante actualizado en cuanto a la oferta de películas. Igualmente yo me incliné por los recitales disponibles en la sección TV. Eso sí, no te dan auriculares, así que mejor acordarse de tener los propios a mano. Además, el avión está equipado con servicio de wifi en vuelo, que por tratarse de un viaje nocturno no contraté, pero en caso de necesitarlo hay varios precios disponibles, dependiendo cuánto tiempo se quiera navegar.

El vuelo en sí, mientras me mantuve despierto, fue muy tranquilo, con apenas algunas turbulencias leves. Como siempre, salvo cuando me levantaba a estirar las piernas o para ir al baño, me mantuve todo el viaje con el cinturón lo más flojo posible, pero abrochado. A la hora de la cena, un rato después de despegar desde el Ministro Pistarini, las opciones eran el clásico “pollo o pasta”, así que me decidí por los fideos con salsa de tomate, que venían con ensalada y una porción de torta como postre.

Llegó finalmente el momento del aterrizaje y de la conexión. Lo más complicado de conectar en Miami es que necesariamente hay que pasar por migraciones, tal como si uno fuera a ingresar a Estados Unidos. A esa hora de la mañana el trámite resultó ser bastante rápido, seguramente por la poca cantidad de vuelos a procesar. Así es como se llega a un largo pasillo donde  hay máquinas de migraciones a uno y otro lado: es cuestión de ir caminando atento y acercarse a alguna que esté libre. Allí se contesta el cuestionario en la máquina, que también nos toma una foto y registra nuestras huellas dactilares, para finalmente imprimir un ticket que debemos presentar al oficial de migraciones. El flujo de la gente te lleva y así terminas delante de un ser humano que revisa tu pasaporte y te hace las preguntas de rigor (en mi caso a qué me dedicaba y para qué viaja a Guatemala).

Sin prestar atención a las cintas de equipaje ya que el mio lo retiraba en el destino final, salí al hall principal del aeropuerto donde un cartel indica hacia dónde dirigirse para tomar los vuelos en conexión. Hacia allí me dirigí, pero eso será cuestión de un próximo post.