Almorzamos en el Viejo Almacén, de Pablo Acosta.

El objetivo era claro: fotografiar la estación de tren.

Con esa idea en la cabeza guardamos todos los implementos del espontáneo almuerzo en el Parque Sarmiento de Azul, y tomamos la ruta provincial 58 hasta el punto donde termina su asfalto. Allí, casi en medio de la nada, un pequeño caserío y apenas un cartel en el campo que nos probaba que no estábamos equivocados. Aquello era Pablo Acosta, pero de la estación, ni rastro.

Luego de mucho preguntar nos enteraríamos que la que buscábamos era la última estación en inaugurarse en la Provincia de Buenos Aires, y paradógicamente, la primera en levantarse. La demolieron, allá por el año 1969, y lo único que quedó de ella fue el cartel que la anunciaba, del que ni siquiera se sabe si el lugar donde está emplazado hoy es el original, o si en algún momento de la historia se lo trasladó hasta allí.

Pero la cantidad de autos estacionados hacía sospechar que el viaje hasta allí no había sido en vano. En la esquina, justo frente al cartel, se alza el Viejo Almacén, al que por supuesto habríamos de volver antes de regresar a Buenos Aires.

La historia de este local es por demás interesante, debiendo su nombre a su función original: se trataba del almacén de ramos generales del pueblo, que en su apogeo motorizado por la actividad del ferrocarril llegó a tener unos hoy increíbles 500 habitantes. El almacén funcionaba junto a la estación, a la cual pertenece el bloque que hoy descansa en el patio del restaurante y que delata el que se supone que es el año de la llegada del tren: 1929.

Hasta hace un tiempo el local estaba cerrado y abandonado, cuando una pareja oriunda de la ciudad de Azul quizo cambiar de estilo de vida y le propuso al dueño restaurarlo e instalar allí el restaurante de campo que hoy funciona.

En un ambiente rústico, antiguo y bien campestre, uno puede sentarse sin que el tiempo apremie (los relojes parecieran no funcionar en este lugar) y disfrutar un almuerzo memorable. El precio es fijo y el menú incluye una tabla de fiambres como entrada, y parrilla al estilo tenedor libre, es decir, hasta donde puedas comer. A tener en cuenta, no es cualquier parrillada. El día que fuimos incluía lechón y cordero, además del tradicional asado.

La calidad de la comida es excelente, y de los fiambres (los cuales por supuesto podés comprar para traerte), ni hablar. Los quesos son exquisitos, y a los salames los prepara el dueño con sus propias manos. ¿Qué te recomiendo para comprar? Ambos.

El clima en el restaurante es familiar, y el trato de los dueños muy ameno. Y si tenés suerte, como el día feriado que fuimos nosotros, además hay show musical en vivo con el que se arma baile en pleno almuerzo.

Como suele pasar, en estos lugares las paredes tienen tanta historia como el lugar mismo. Así pueden verse colecciones de botellas en las estanterías, publicidades de antaño y todo tipo de reliquias que decoran el salón y le dan un aire muy especial.

Hasta máquinas de escribir, hay…

Un almuerzo diferente, tanto en contenido como en todo lo que lo rodea, y en medio del campo. Una comida que se disfruta. Cuando vayas por Azul, hacete un tiempo largo y, sin apuros, date una vuelta por el Viejo Almacén. ¡No te vas a arrepentir!

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