Adoramos la Santísima Sangre de Jesús en una basílica de Brujas.

Brujas es un lugar de ensueño, y como corresponde que suceda en tales lugares, en Brujas uno puede hacer cosas que ni había soñado. Una de ellas es adorar la antiquísima reliquia de la Basílica de la Santa Sangre: ni más ni menos que un pequeño tubito de vidrio que contiene la sangre seca que derramó Jesús en la cruz.

O al menos eso es lo que surge de la tradición, que indica que en 1150 Teodorico de Alsacia, conde de Flandes, llegó a Brujas desde Jerusalén con la pequeña reliquia a cuestas, la cual le había sido entregada por el patriarca de Jerusalén por sus actos de valentía durante la cruzada. Teodorico la habría llevado entonces hasta la Capilla de San Basilio en la plaza del Burg de Brujas, donde hoy todos nosotros la podemos admirar de forma (casi) gratuita.

La pequeña pero hermosa capilla es un edificio de estilo románico construida en el siglo XXII por Teodorico de Alsacia, y se la puso bajo la protección de San Basilio el Grande, un eclesiástico griego del siglo IV cuyas reliquias fueron trasladadas hasta Brujas en algún momento de la historia. La parte superior de la fachada está dominada por estatuas de bronce, una de las cuales representa al mismísimo Teodorico uniformado como cruzado.

Encima de esta capilla se encuentra la superior, a la que se accede por la escalera De Steeghere y es donde la reliquia se expone a la veneración del público todos los viernes. A partir de este punto, se pide silencio y respeto.

No se decirles si la reliquia contiene realmente la sangre de Jesús o no, pero sí puedo confirmarles que al ingresar a esa parte de la iglesia es como si un manto de silencio bajara sobre todos: se camina con cuidado y se habla en susurros. Allí mismo, a un costado, una cola de fieles esperan su turno para pasar frente al sacerdote que custodia la reliquia, persignarse frente a ella, arrodillarse y dedicarle alguna rápida oración. Todo esto siempre y cuando uno ofrezca una moneda a modo de limosna, a lo que el clérigo reacciona ofreciendo el tubo de vidrio, pero sin que uno pueda tomarlo.

Lo que tampoco se pueden tomar son fotos de ese momento, pero de eso me enteré después, cuando otro sacerdote me retó por andar gatillando mi cámara enfocando la escena. Con la foto en mi tarjeta SD no podía dejar de publicarla, por más prohibida que fuera…

Claro que ya sabiendo de la restricción tampoco fui tan necio como para insistir, así que me alejé cámara en mano para fotografiar otras áreas de la tan pequeña como impactante basílica, como el cargado altar principal, detrás del cual se encuentran los murales que retratan a Teodorico recibiendo la Santísima Sangre en Jerusalén, y el momento en el que él mismo junto a su esposa la entregan al capellán de Brujas.

Lejos de la adoración de la Sangre puedo dedicarme a fotografiar los relieves en detalle…

Y por supuesto el púlpito, que merece un párrafo aparte no por haber sido construído en 1728, sino por su particular forma de globo, a través de la cual el escultor quiso representar que la Palabra de Dios proclamada desde aquél lugar debía alcanzar al mundo entero.

Hasta aquí hablamos siempre de la tradición, es decir la versión más romántica y cinematográfica de la historia, pero la realidad es que hasta el año 1256 no hay documento alguno que registre la presencia de la reliquia en Brujas. Por tanto no podemos dar por segura la versión tradicional, ya que el tubo con la sangre podría haber llegado mucho después a esta ciudad, quizá proveniente de Constantinopla, donde se sabe que en la capilla de María del palacio imperial de Bucoleon existía tal reliquia.

Lo que sí, ninguna de las dos versiones, ni la tradición ni la surgida de papeleos históricos, pone en duda que el material púrpura contenido en el tubo de vidrio que hoy en día podés admirar en este lugar sea realmente la sangre seca que Jesús derramó para salvar a los hombres. Pero claro, eso no es cuestión de este blog; cada cual podrá creer lo que más convincente le parezca.

Lo que sí no podrás hacer es pasar por Brujas y no entrar a la Basílica de la Santa Sangre. Una experiencia recomendable cuando estés en Bélgica ya que no en todos los lugares del mundo uno tiene la oportunidad de encontrarse frente a frente con tradiciones e historias tan antiguas. Realmente, vale la pena.

 

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