Una tarde en Carmen de Areco para conocer su misteriosa Torre del Silencio.

Cabecera del municipio que lleva su mismo nombre, y ubicada a unos 140 km de la capital federal por la Ruta Nacional 7, Carmen de Areco se presenta como un excelente destino para aprovechar un sábado o domingo de sol y escaparse del cemento de la gran ciudad. Eso mismo hicimos nosotros y luego de una parada intermedia en el particular pueblo de Heavy llegamos a esta hermosa localidad del oeste bonaerense.

Debe sus orígenes a la orden de construir un fuerte para contener a los “indios” que en esas épocas habitaban estas pampas, impartida por el Virrey Vértiz en 1771, lo que daría lugar varias décadas después a la creación del partido de Carmen de Areco que termina dándole el nombre a la localidad.

Se trata de una ciudad medianamente grande pero tranquila, con mucho aire a campo. Se le nota al recorrer las calles casi desiertas al mediodía, y en los rostros relajados y sin apuro de la gente que va saliendo a medida que avanza la tarde dominguera.

La primer parada fue la plaza central, frente a la cual se ubica la iglesia que fuera apadrinada por el mismísimo Bartolomé Mitre, y bajo cuyo altar se encuentran sepultados los restos de algunos ciudadanos ilustres de los que pueden leerse los nombres en las placas conmemorativas al costado de las puertas. Una vez que los novios la desalojaron (sí señores, la gente aún se casa) pudimos ingresar para apreciar tranquilamente su interior.

Carmen de Areco es un lugar ideal para ir a pasar el día, llevarte una vianda para comer en alguno de sus espacios verdes y por supuesto cargar el termo y las facturas para matear a la tarde. Pero también hay otras actividades para hacer, y en particular la que nos había llamado la atención era conocer la Torre del Silencio, para lo cual tuvimos que visitar un lugar poco usual: el cementerio.

También fue poco usual la hora de la visita, ya que se estaban acercando ya las 18, hora en que normalmente cierran los cementerios, y el de Carmen de Areco no es excepción. Por suerte esto ayudó ya que había poca gente, aunque claro que tuvimos que asumir el riesgo de que no se dieran cuenta que estábamos allí y nos dejaran encerrados hasta el día siguiente…

Todo valía con tal de conocer la misteriosa Torris Silenti, la que se divisa fácilmente incluso desde afuera del muro perimetral del cementerio ya que es la única construcción que sobre sale tanto. Flanqueada su entrada por dos balas de artillería alemana, la torre no es ni más ni menos que el edificio funerario de la familia Percivaldi. Sin ser demasiado grande, resulta imponente al estar emplazado en el cementerio, y resalta sobre todo lo demás. En su interior hay un palomar que no vale la pena mostrar en fotos por el nivel de mugre que presenta. Esto se entiende perfectamente porque sobre esta torre recae un misterio inexplicable: entrar resulta imposible ya que la puerta permanece cerrada con llave, y la llave se encuentra en su interior…

Habiendo despuntado el vicio del misterio irresoluto, y habiéndose hecho ya tarde para visitar el Monasterio de San Pablo que está algo más alejado, decidimos volver hacia el centro de la ciudad para registrar un clásico fotográfico infaltable: la estación de ferrocarril, hoy convertida en terminal de ómnibus.

En su momento contaba con un enorme tanque de agua para cargar las locomotoras a vapor que empujaban las formaciones que pasaban por el pueblo. Hoy aún queda la infraestructura, aunque supongo que ya no se le da ningún uso. Eso sí, para la foto queda de maravilla.

Frente a la estación se encuentra El Molino. Desconozco qué sería ni si sigue funcionando, pero el contraste de las luces del atardecer lo hacía merecedor de una foto.

Antes de emprender el regreso cruzamos la ciudad en dirección al río Areco para conocer el camping. Se trata de un muy lindo lugar, ideal para pasar el día y prender el fuego para un asadito, pero aunque en su nombre incluye la palabra “balneario”, de tal no le queda nada ya que al menos en ese tramo el río está muy sucio y bajar a bañarse está expresamente prohibido. Una lástima, realmente. En contraposición, y con muy atinado juicio, la administración del camping resolvió esta falencia con una enorme pileta de natación, que al menos fuera de temporada se la ve como de lujo.

Como ya dije, Carmen de Areco es una opción que nos dejó totalmente satisfechos. Recomendable para quien quiera sacar a pasear a los chicos. Quedaron pendientes varias visitas, como las del monasterio ya mencionado y el Museo Histórico Familiar, así que es más que seguro que esta localidad ameritará una segunda visita para cumplir con ellas.

Por lo pronto, así se ven los atardeceres desde la estación del ferrocarril. Si andás de paseo por la RN 7, tomá el acceso a Carmen de Areco y comprobalo vos mismo.

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