Archivos Mensuales: mayo 2017

Una breve parada en Heavy, el pueblo “pesado” de la Provincia de Buenos Aires.

Es sábado y brilla el sol. Suficientes motivos para agarrar la cámara, preparar la mochila con vianda y mate y subirte al auto para salir a la ruta rumbo a alguno de los pueblitos en los alrededores de la ciudad de Buenos Aires. El destino elegido ese día es otro, pero el cartel en la RN 7 llama la atención e invita a desviarse un rato y recorrer los cuatro kilómetros de camino de tierra que separan el asfalto del caserío alejado.

Llegamos a Heavy, un pueblo de apenas un puñado de casas, una escuela y lo que queda de lo que algún día fue un club social, todo rodeado por campo. Por allí pasaba el Ferrocarril Urquiza que hasta el cierre del ramal en 1998 paraba en la estación levantada en las tierras donadas por Patrick Heavy, un irlandés que recibió del estado unas 2000 hectáreas para explotar y así se convirtió en fundador del pueblo que hasta hoy lleva su nombre.

Recorrer las pocas calles de Heavy genera una sensación extraña. Casi no hay señales de vida en el pueblo, a no ser por los ciclistas que evidentemente no son del lugar, o por la música que se escucha desde el fondo de la casa de cuya parrilla se ve salir humo, señal que están preparando el asado. Pero sólo eso. Sin un alma más a la vista, Heavy parece un pueblo fantasma y uno tiene la sensación de que desde atrás de las cortinas lo están observando.

El pueblo tiene toda una historia, íntimamente ligada a la familia cuyo apellido le da nombre. Una vez que el tren dejó de pasar, la familia Heavy recuperó las tierras que su ancestro había donado, y con ello se hicieron de la estación. Según una nota de Página 12, en 2005 vivía allí recluido Leandro Heavy, un estudiante de comercio exterior que dejó la carrera para hacerse cargo del lugar y convertir la estación en su propia casa.

Según cuenta el propio Leandro en la nota, su idea es convertir la estación en una especie de atracción turística. Hoy a él no lo encontramos, pero a la estación (escondida si uno no va prestando atención) se accede a través de una tranquera cerrada donde los anuncios indican que se puede pasar a sacar fotos, pero debe mantenerse el portón cerrado. No sabemos a ciencia cierta si el vecino controla que esto se cumpla al pie de la letra, pero a juzgar por los binoculares que lleva en la mano puede que sí.

También dice que quiere organizar allí un festival de rock heavy con los volúmenes al mango, pero después de una vuelta por el por demás tranquilo pueblo, eso parece más una mera ilusión, o más bien un invento total. Quizá en las épocas en que el Club Defensores de Heavy funcionaba organizando bailes, pero hoy en día no hay lugar para semejante evento en el pueblo.

Luego de la sesión fotográfica nos trepamos al auto y volvemos lentamente a la ruta. Dejamos atrás un pueblo con nombre “pesado” y atmósfera enrarecida, aunque no se la puede calificar de ningún modo como hostil. Una linda experiencia, como cada vez que la ruta ofrece un desvío y uno se aventura en lo desconocido.

Nos embarcamos para descubrir toninas en Rawson.

Por suerte en Rawson no todo es playa, porque sino yo en breve me aburriría. Una buena opción para tener algo de aventura es contratar la excursión de avistaje de toninas, que sale alrededor de las 9 de la mañana desde Puerto Rawson, en el extremo sur del balneario.

Habrá que llegar al lugar una media hora antes porque allí te equipan con chaleco salvavidas y te dan alguna que otra indicación antes de abordar. La excursión se realiza en la lancha que se ve en la foto de portada con capacidad para 57 personas, aunque el día que fui yo eramos menos de la mitad.

El paseo consiste básicamente en embarcarse y salir navegando por el Río Chubut hasta su desembocadura en el Océano Atlántico, en el cual la lancha se interna en busca de las tan preciadas toninas. En el interín se ve una lobería además de cualquier cantidad de aves, y el guía va explicando todo constantemente.

Los delfines patagónicos (o toninas como se los conoce en Argentina) son animales que se desplazan muy rápido en el agua. Son muy curiosos y sociables, tanto es así que suelen ellos mismos acercarse a la embarcación y hasta “jugar con ella”, nadando a la par yendo de un costado al otro, adelantándose para luego esperarla, o bien perseguiéndola desde atrás. Es por ese movimiento constante y casi frenético que sacarles una foto es tarea realmente difícil. Así lo decía apenas zarpamos el fotógrafo profesional que es parte del equipo de la excursión, y que te recomienda dejar la cámara de lado para disfrutar la experiencia de observar las toninas y tratar de interactuar con ellas. De las fotos se encargará él y luego te las cobrará, obviamente. Al principio parece un chamullo para venderte la foto, pero pronto te das cuenta que algo de razón tiene. Esta es la única foto que pude tomar yo, y es apenas potable.

A bordo la gente se desespera y corre de un costado a otro de la lancha siguiendo a las toninas, que si bien suelen no estar solas, tampoco se presentan en grupos grandes. Si estás preocupado por sacar la foto lo más probable es que en ese frenesí te pierdas de lo mejor, sino del todo. En mi caso, opté por quedarme apostado en uno de los lados, cámara lista en mano, para gatillar en cuanto las viera pasar por allí. Necesitaba el registro propio para ilustrar el blog. Sin embargo, la mejor decisión fue filmar:

Como se ve tanto en la foto como en la filmación, lo que no fue buena decisión es tener la cámara tan expuesta, ya que una ola repentina la empapó con agua salada de mar, algo nada aconsejable para estos aparatitos.

Claro que como uno sale a buscarlas a mar abierto, en plena naturaleza, nadie garantiza que puedas ver toninas. En general, como son tan sociables y juguetonas, siempre se acercan cuando ven la embarcación, pero bien puede pasar que alguna de las salidas sea infructuosa.

Y salir a mar abierto no es sólo un tema por la posibilidad de que el avistaje sea un fracaso. El punto está en que es mar abierto. Uno enseguida nota la diferencia entre río y mar; y no sólo porque la escollera marca el ingreso a la desembocadura, sino porque el color del agua cambia completamente.

Cuando uno sale al mar el viento pega en serio, y si está picado como el día que me tocó a mi la navegación es toda una aventura. Uno ve el horizonte allá lejos, hasta que de pronto el agua enfrente comienza a levantarse y a transformarse en una montaña de líquido azul que no sólo corta la vista, sino que se acerca rápidamente. La lancha la trepa, llega a la cresta y se inclina hacia adelante para volver a bajarla. Y allí adelante está la próxima. Luego de un rato de esas olas uno agradece haberse levantado con lo justo y no haber tenido tiempo de desayunar.

El regreso se hace del mismo modo que la salida, volviendo a entrar al Río Chubut sobre cuya margen está el puerto desde el que se zarpa. Allí las cosas vuelven a estar tranquilas, y pasamos entre los lobos marinos que ni se inmutan por nuestra presencia.

En nuestro caso tuvimos el privilegio además de ver una maniobra poco común, supongo, en el puerto. Un barco pesquero se había quedado sin motor, y un compañero lo ayudaba, remolcándolo “codo a codo”, tratando de lograr hacerlo llegar al lugar donde debía ser amarrado.

La excursión para avistar toninas es un imperdible de Rawson. La navegación está supeditada a las condiciones meteorológicas, por lo que es importante averiguar antes y reservar el turno. En mi caso lo hice con la empresa Estación Marítima a un costo de $850 en febrero de 2017, y fue una experiencia recomendable, aunque nos tuvimos que volver a puerto un poco antes de lo previsto ya que varios de los pasajeros se sentían mareados, quién suscribe estas líneas incluido!

Espero que a vos te toque un día de agua calma y puedas disfrutarlo al máximo!