Una breve parada en Heavy, el pueblo “pesado” de la Provincia de Buenos Aires.

Es sábado y brilla el sol. Suficientes motivos para agarrar la cámara, preparar la mochila con vianda y mate y subirte al auto para salir a la ruta rumbo a alguno de los pueblitos en los alrededores de la ciudad de Buenos Aires. El destino elegido ese día es otro, pero el cartel en la RN 7 llama la atención e invita a desviarse un rato y recorrer los cuatro kilómetros de camino de tierra que separan el asfalto del caserío alejado.

Llegamos a Heavy, un pueblo de apenas un puñado de casas, una escuela y lo que queda de lo que algún día fue un club social, todo rodeado por campo. Por allí pasaba el Ferrocarril Urquiza que hasta el cierre del ramal en 1998 paraba en la estación levantada en las tierras donadas por Patrick Heavy, un irlandés que recibió del estado unas 2000 hectáreas para explotar y así se convirtió en fundador del pueblo que hasta hoy lleva su nombre.

Recorrer las pocas calles de Heavy genera una sensación extraña. Casi no hay señales de vida en el pueblo, a no ser por los ciclistas que evidentemente no son del lugar, o por la música que se escucha desde el fondo de la casa de cuya parrilla se ve salir humo, señal que están preparando el asado. Pero sólo eso. Sin un alma más a la vista, Heavy parece un pueblo fantasma y uno tiene la sensación de que desde atrás de las cortinas lo están observando.

El pueblo tiene toda una historia, íntimamente ligada a la familia cuyo apellido le da nombre. Una vez que el tren dejó de pasar, la familia Heavy recuperó las tierras que su ancestro había donado, y con ello se hicieron de la estación. Según una nota de Página 12, en 2005 vivía allí recluido Leandro Heavy, un estudiante de comercio exterior que dejó la carrera para hacerse cargo del lugar y convertir la estación en su propia casa.

Según cuenta el propio Leandro en la nota, su idea es convertir la estación en una especie de atracción turística. Hoy a él no lo encontramos, pero a la estación (escondida si uno no va prestando atención) se accede a través de una tranquera cerrada donde los anuncios indican que se puede pasar a sacar fotos, pero debe mantenerse el portón cerrado. No sabemos a ciencia cierta si el vecino controla que esto se cumpla al pie de la letra, pero a juzgar por los binoculares que lleva en la mano puede que sí.

También dice que quiere organizar allí un festival de rock heavy con los volúmenes al mango, pero después de una vuelta por el por demás tranquilo pueblo, eso parece más una mera ilusión, o más bien un invento total. Quizá en las épocas en que el Club Defensores de Heavy funcionaba organizando bailes, pero hoy en día no hay lugar para semejante evento en el pueblo.

Luego de la sesión fotográfica nos trepamos al auto y volvemos lentamente a la ruta. Dejamos atrás un pueblo con nombre “pesado” y atmósfera enrarecida, aunque no se la puede calificar de ningún modo como hostil. Una linda experiencia, como cada vez que la ruta ofrece un desvío y uno se aventura en lo desconocido.

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